Como había comentado en otra entrada de este blog el Parque Natural de
la Albufera es un espacio camaleónico, que nos muestra diferentes
colores según la estación del año en la que nos encontremos, según el
día, e incluso, según las horas si el tiempo es muy cambiante. Para
ilustrar este despliegue de matices nada mejor que comparar la visita
realizada a los “tancats” de la parte sur y la que disfruté en la parte
norte y que ahora comparto.
Mientras que la excursión a la parte meridional del lago estuvo
protagonizada por un sol radiante, la visita de la zona septentrional se
caracterizó por las nubes y el viento, que apareció en el último tramo.
De ahí que la paleta de colores del agua cambiara del azul al gris
plateado, no obstante ambas atractivas.
Tras un paso inferior por la autovía se inicia un espacio dedicado a la
huerta, con casas o almacenes agrícolas más o menos arracimados. Es un
espacio intermedio, a caballo entre la civilización y lo salvaje. Cuando
se toma el camino de el Ravisanxo, contiguo a la acequia del mismo
nombre, desaparece casi cualquier signo humano. Y aún quedan 7
kilómetros más o menos para alcanzar el corazón del lago. Distancia en
la que se pasa de la sorpresa inicial de casi encontrarse solo a la
inquietud del último tramo, cuando de verdad te sientes pequeño entre
una gran masa de agua. Todo ello apenas a 3 kilómetros en línea recta de
las edificaciones de la costa y a 10 de la gran urbe de Valencia.
La ruta norte la inicié en la estación del tren de Massanassa y para
decepción de alguien que va a buscar parajes únicos, lo primero que hay
que atravesar es el polígono industrial de esta población de l’Horta Sud
a través del camino del Fus. Perfecto ejemplo para visualizar el
contraste en pocos kilómetros entre este espacio altamente humanizado y
la soledad vivida cuando te adentras hasta los confines del lago de La
Albufera.
Tras un paso inferior por la autovía se inicia un espacio dedicado a la
huerta, con casas o almacenes agrícolas más o menos arracimados. Es un
espacio intermedio, a caballo entre la civilización y lo salvaje. Cuando
se toma el camino de el Ravisanxo, contiguo a la acequia del mismo
nombre, desaparece casi cualquier signo humano. Y aún quedan 7
kilómetros más o menos para alcanzar el corazón del lago. Distancia en
la que se pasa de la sorpresa inicial de casi encontrarse solo a la
inquietud del último tramo, cuando de verdad te sientes pequeño entre
una gran masa de agua. Todo ello apenas a 3 kilómetros en línea recta de
las edificaciones de la costa y a 10 de la gran urbe de Valencia.
Es fácil darse cuenta que esta zona es una de las más bajas del parque
natural, y que la barca es un sistema de transporte muy usado por los
que frecuentan el lugar, especialmente durante los meses de inundación.
Así es fácil encontrarse pequeños botes amarrados en las acequias que
desembocan en el lago, varados en las lindes de los campos de arroz o
junto a las casas de aperos. Incluso pude observar un embarcadero muy
rudimentario junto a una casa de campo, pero que daba cuenta del nivel
que alcanzan las aguas en plena inundación.

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